Desde pequeño, Luis Alarcón (41 años) se dedicó a los deportes. A los 6 años comenzó con la gimnasia en la escuela a la que concurría, de la mano del profesor Oscar González. Dos años después y al cambiarse de escuela, en el barrio Roca de Aguilares (ciudad en la que vive), se inclinó por el atletismo. "No tenía preferencia por ninguna especialidad. Competía en salto en alto y en largo, y en lanzamientos (bala y jabalina)", recordó Luis.

No podía estar inactivo y paralelamente al deporte integró un grupo de boy scout. En una de las travesías con el grupo, cruzaron caminando el cerro y se perdieron durante tres días hasta que los encontraron. Su papá no quiso que siguiera con esa actividad. De una manera u otra, Luis tenía que llenar el espacio libre que le quedaba los fines de semana. Fue entonces que a los 15 años decidió practicar voley. Su mayor virtud era su salto (1.10 metro), a pesar de su baja estatura.

Era tanta la pasión que sentía y siente por los deportes, que luego se dedicó a la natación. Lo hizo hasta los 20 años, justo antes de que un accidente interrumpió, en parte, su carrera deportiva. Lejos de bajar los brazos y de darse por vencido siguió ligado al deporte. Mientras tanto, no descuidaba sus estudios de enfermería y su trabajo en la empresa Cablevisión.

"Fue un accidente raro. Teníamos que hacer el tendido de la red principal en un barrio. Estaba trepado a un poste de cinco metros de altura preparando todo para el cableado -continuó con su relato-. Se formó un campo magnético porque cerca del lugar pasaba un cable de media tensión. La corriente me empezó a atraer. Me desvanecí por la descarga, caí de espaldas sobre un montículo de escombros y me fracturé la columna", contó con detalles. A partir de entonces su vida tuvo un giro de 180 grados. Ese mismo día lo operaron, y a los 20 días, comenzó con su rehabilitación. "Tenía la posibilidad de ir a Cuba, Estados Unidos o Buenos Aires para rehabilitarme -agregó-. Elegí Buenos Aires para no alejarme de mi familia".

El accidente no le causó ningún trauma y Luis no necesitó de sicólogos según contó. "El espíritu de progresar y de superarme me ayudó a enfrentar mi problema. Además de eso conté con el apoyo incondicional de mi familia. Mis padres estaban siempre a mi lado y mis amigos constantemente me alentaban a seguir adelante", reconoció.

Los médicos le dijeron que es difícil que vuelva a caminar porque ya pasaron 21 años del accidente, aunque en su interior, no pierde la fe. "No reniego de mi condición. En la vida todo pasa por una razón y tengo que encontrarla. Trato de pensar que en algún momento pueda llegar a recuperarme aunque sé que no podré hacerlo. Según los estudios que se están haciendo, los experimentos se pueden aplicar en pacientes recientes. No es mi caso, y si lo aplican, no me garantizan nada", aseguró.

Alarcón continuó con su rehabilitación pero aparecieron varias piedras en el camino que lo obligaron a suspenderla. "Me manejaba con muletas. Hice unas ortecis pero luego, por distintas enfermedades y operaciones dejé las muletas y volví a caer en cama. Mi cuerpo sufrió un cambio tremendo. El organismo no fue el mismo debido a las medicaciones que tenía. Sufrí cálculos en la vejiga y curaciones para no tener escaras, entre otras cosas", detalló.

A pesar de todo lo que le pasó, continuó con su vida. Siempre recuerda las palabras de su médico de cabecera Alexis Quarin (fallecido a los 27 años en el atentado del 92 a la AMIA) y con la voz entrecortada por la emoción y con un brillo especial en sus ojos recordó: "lo primero que me dijo y también se lo dijo a mi familia fue que teníamos que agradecer cómo estaba yo porque había muchas personas en peores situaciones, y tenía razón. A partir de allí comencé a ver el lado positivo", concluyó.

Recordando la película "Caballos Salvajes", hay una escena en la que Héctor Alterio expresó con énfasis: "¡La p.... que vale la pena estar vivo!" Esta frase encaja justo en la historia de vida de Luis Alarcón, un incanzable luchador.